Transmedia, el palabro del futuro

Viene avecinándose una nueva moda: el transmedia. Se lee más y más acerca de ello en la WEB. Y en nuestro país ya se han hecho un par de experimentos, o un par de docenas, que es casi lo mismo. Algunos con éxito.

Recuerdo en un evento organizado por Edicat a una ponente relatando cómo una novela no precisamente candidata al Nobel de literatura había alcanzado un éxito enorme por el medio de darle vida a uno de los personajes, en el Facebook.


De eso hace relativamente poco, y en las dos últimas semanas llevo leídas ya cuatro o cinco noticias acerca de esta tendencia. Quizá en la última es donde se explica mejor en qué consiste esta nueva moda.

Desde mi punto de vista, se trata de una reformulación, ampliación y elevación al máximo exponente de lo que hace unos años se dio en llamar “crossmedia”. Por explicarlo claramente, el transmedia es al crossmedia lo que la geometría euclidiana a una rueda.

En otras palabras, lo que en su momento consistía en los periódicos en sacar las noticias en papel y en la WEB, y fue un gran logro en su momento (tras no pocos quebraderos de cabeza), hoy se reinventa en esta moda con un calado y unas dimensiones en nada comparables. Y no tanto por las dimensiones, sino por la notable diferencia de principios.

Con el crossmedia se pretendió que el “estar en la web” no fuera una derivada de la edición en papel. Pero que costara poco. Simplemente eso. Con el transmedia se pretende construir un juego, una performance, alrededor de un contenido. Ambas ideas persiguen que el contenido llegue a públicos diferentes, y ahí se acaban las similitudes. El transmedia exige la puesta en marcha de una estrategia transversal en la que participen todas las áreas de una empresa editorial, desde márqueting hasta realización, para construir ese juego en el que participará no sólo el lector, sino gente que ni siquiera leerá el contenido (por lo menos al principio).

Y persigue captar a un público nuevo en un medio nuevo. Y ganar con ello el dinero que ya no se va a ganar con la simple venta del contenido en papel o en digital.

El ejemplo que he puesto al principio habrá dado ya suficientes pistas. Se trata de sacarle partido a un contenido fuera de los circuitos habituales (la venta del libro en papel). Y no estamos hablando de cosas como hacer un vídeo promocional donde el autor explique la obra, sino de, por ejemplo, crear un vídeo con escenas de la obra. Y aunque esto último pueda constituir también parte de un vídeo promocional, no van por ahí los tiros. Se trata de incluir estos vídeos (y cualquier otra cosa que se nos ocurra) como parte de un nuevo formato de formatos, como parte de una obra que antes era sólo el libro en papel (o en ePub).

Claro está que todas las formas de hacer transmedia con un contenido tienen un coste extra para la editorial, incluso desde su concepción. Pero el público potencial con que cuenta un producto de este tipo es también mucho mayor. La versatilidad de un producto transversal como un libro transmedia es sencillamente brutal. ¿Alguien se puede imaginar lo que un personaje irreal como Justine Bieber, acompañado de cuatro canciones hechas por encargo para él (insisto que no estoy hablando de Bieber) podría hacerle a una historia romántica? ¿O lo que una cuenta Twitter puede aportarle a una novela policíaca?

Una novela transmedia bien planificada puede ser mejor negocio que un bestseller mundial actual, teniendo incluso menos lectores que un tratado de numismática en nahuatl.

Da la impresión de que transmedia es una palabra pasajera que representa una realidad duradera, un cambio en el modelo de negocio, necesario en un entorno donde lo digital se lleva las ganancias de los editores al limbo de la red. Es en ese río donde hay que plantar las cañas, y el transmedia parece un buen cebo.

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