La etapa sólo era la tapa

Si midiéramos el estado de ciertas cosas por etapas, no tendríamos ninguna información.

– Oye Juan, ¡cuánto tiempo! ¿Cómo estás?
– Bien, casado, con dos hijos…
– Vaya, qué bien, qué bien… ¿Y el trabajo?
– Bien, sigo en la gasolinera.

Las etapas “casado”, o “en la gasolinera” no dicen nada de nada. Pero quizá este ejemplo sea poco claro.

– Oye Clara, ¿cómo tienes el informe?
– Estoy en ello.

– Hola, buenas tardes, ¿está ya mi coche?
– Estamos esperando los recambios, deberían llegar el jueves.
– Es que lo mismo me dijiste el jueves pasado…

Creo que se ve claro lo que quiero decir. Hay situaciones en que un estado quiere decir algo, porque la información que proporciona es útil. “La pasta está cocida (o cruda, o incluso cociéndose)” tiene sentido porque lo que queremos es comerla, y sabemos que su etapa más indefinida dura veinte minutos a lo sumo. “La página está corregida” nos da información útil sobre lo que debemos hacer con ella. En cambio “la enciclopedia está corrigiéndose” no nos dice mucho.

Pues bien, hoy en día los sistemas editoriales que podemos ver funcionando en casi todas partes controlan el estado de una publicación a base de etapas. No pueden hacerlo de otra forma, porque los ingenieros que los diseñaron nunca imaginaron que hiciera falta otra forma. ¿Es que eran muy obtusos? En absoluto. Es que sus únicos clientes eran los periódicos, donde la información requerida es el estado de la maquetación de una página y de corrección de un artículo. Y un artículo está escrito en un plazo de tiempo muy breve, y corregido en cuestión de minutos. En otras palabras, las etapas son casi hitos, no tienen dimensión y por lo tanto expresan bien el estado de la publicación. Hay apenas doce horas para producir y unos cuatro estados (habitualmente edición, corrección, cierre y filmación). Con cuatro colores sabemos cómo está todo.

Vayan y preséntenle cuatro o seis etapas a un editor para controlar todos los procesos de un libro, y la cara de pez quedará impresa en sus retinas el resto de sus días. En una obra no periódica todo es mucho más artesanal. El autor no está habituado a escribir para la publicación, no sabemos quién corregirá el libro o si hará falta un especialista en la materia, hay que encargar ilustraciones, mapas… Luego están las traducciones, los editores gráficos, los derechos de autor… Literalmente se pone en marcha un ensayo donde el editor es el director de orquesta, donde cada voz tiene su partitura, y donde hay que controlarlo todo, que todo encaje a tiempo y esté ejecutado correctamente. La obra en su conjunto está formada por cientos de procesos simultáneos. Y lo que el editor necesita es visualizar, controlar y dirigir dichos procesos.

Por eso Q4 basa sus flujos de trabajo en las tareas. Porque las etapas (que también las tiene) no sirven en la confección de libros, no constituyen un control de producción efectivo. Hace falta un control de tareas como el de Q4 para saber cómo está realmente una obra y lo que hay que hacer para llegar a tiempo a la imprenta (o a la WEB). Para saber cómo sirven las tareas a la producción, pulse aquí.

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